
Foto. Jose A. Martín Soriano
It’s the economy, stupid!
Esa fue la famosa frase de James Carville, que utilizó Bill Clinton en la campaña de 1992 para explicar que las preocupaciones de los estadounidenses tenían que ver con la situación de la economía y con el modo en que ésta se traduce en bienestar social.
Desde entonces, la frase se ha adaptado no pocas veces a otros contextos. Especialmente me interesa el educativo. It’s the education, stupid!! Demasiadas veces, ante problemas que surgen en la sociedad, me viene a la memoria: ¡es la Educación, estúpido!
Por ejemplo, cuando leo titulares de la prensa de hoy mismo:
- Las estafas de la lotería
- Estrangula a su mujer tras una discusión por llegar tarde a casa
- El velo oscuro de Chechenia
- El consumo de alcohol entre los adolescentes de Logroño empieza a los 14 años
- Las calles del miedo
- Muere un joven de 19 años en Madrid al ser atropellado por un conductor que conducía ebrio
Y así podríamos seguir…
No es difícil comprobar, no obstante, como su utilización ha servido de soporte a distintas argumentaciones. Basta dar un paseo por la Red. Me quedo con la idea de mi admirado Miguel Ángel Santos Guerra:
¿Podríamos ponernos de acuerdo en cuestiones tan fundamentales como las que se refieren a la educación, es decir, al futuro de los ciudadanos y de la sociedad? Para ello tendremos que hablar, argumentar y escuchar con respeto. Bienvenido el debate. Un debate sin sectarismos, sin desprecio a los demás, sin fundamentalismo pedagógico o político. El acaloramiento irracional lleva a situaciones embarazosas. Como ésta que reproduce una conversación impetuosa:
– Me parece que estoy discutiendo con un estúpido, dice uno de los que dialogan.
– Tú sí que estás discutiendo con un estúpido, contesta irritado el interlocutor.
¡Es la Educación, amigo!