Posteado por: Aquilino Melgar | enero 23, 2012

El mejor de nosostros mismos

Foto: A. Melgar

Sin que ello suponga negar la necesidad de mejorar los resultados educativos de nuestros alumnos, tengo el convencimiento de que poco a poco no hemos ido instalando en una dinámica de tipo neoliberal donde lo que cuenta, por encima de todo, es la eficiencia. La consecución de resultados con el menor coste posible. La productividad. La competitividad. La cuantificación de los resultados.

Es precisamente en el ámbito educativo, donde esta dinámica eficientista se convierte en perversa en la medida en que los docentes tiendan a plegarse y someterse a ese planteamiento. Los mejores dejan de serlo. Los mediocres, se encuentran en su salsa y los malos profesionales, con un pequeño esfuerzo de enmascaramiento, logran sobrevivir. Muere la iniciativa, la crítica, la pasión por el trabajo, el esfuerzo, la pretensión de mejora.

El engaño se manifiesta cuando el objetivo se reduce a alcanzar buenos resultados a toda costa, sin que importen absolutamente nada los procesos que conducen a ellos. Una vez más, la ley del péndulo hace estragos. La calidad de los procesos desaparece frente a la trascendencia del resultado obtenido.

Se educa, así, para ser competitivos, para pelear, para lucha, para defender… pero no se educa, por ejemplo, para la ternura. Una educación para la ternura, en un amplio sentido, que exige la poner en valor el mundo de los afectos. Y que exige también el desarrollo de estrategias que permitan dar y recibir ternura.

Ante la falta de apetito de su perro, el propietario decide llevarlo al veterinario. La prescripción, después de examinarlo, se traduce en un tratamiento a base de aceite de hígado de bacalao durante varios días. Después de administradas varias dosis, al oír los pasos del amo, el perro corría a esconderse. Pero la operación volvía a repetirse: el amo lo tomaba con energía del collar, le arrastraba con firmeza hacia una sala, le sujetaba la cabeza entre las piernas, le forzaba a abrir la boca y, con una cuchara, le introducía el aceite a la fuerza.

Como al perro no le gustaba nada aquella situación, forcejeaba continuamente, tratando de librarse de aquella tortura. Cierto día, forcejeó con tal fuerza que el tarro con el aceite de hígado de bacalao, que su amo tenía sobre las rodillas, cayó al suelo y fue rodando hasta un extremo de la habitación.

En ese momento, ante la sorpresa de su amo, el perro se deshizo de él y fue corriendo a lamer el tarro. No es que no le gustase su contenido. Lo que no le gustaba era la forma en que se lo daban.

Es muy interesante conocer con qué ánimo acude un determinado docente a sus clases. Si disfruta de su trabajo o si padece con él. Si quiere a los niños y a las niñas o los aborrece. O tal vez, si le son indiferentes. Sería interesante saber cómo termina su hora de clase. Es decir, si sus alumnos tienen sentimiento de alivio al acabar, y si para él también hay un sentimiento de liberación. Porque creo que las relaciones del aula se establecen en forma de espejo. Los niños ven reflejada su imagen en el espejo del profesor y viceversa. Ambos devuelven la imagen proyectando lo que sienten, reflejando lo que viven. Ambos se retroalimentan.

Un docente que convierte sus clases en un calvario para los escolares convierte, lo que podía ser hermoso, en una tortura. Lo que podría ser una fiesta se convierte en horrible. Winston Churchill definía muy bien esta situación: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”. Sobretodo, si en la enseñanza domina la memorización, el aburrimiento, el fatalismo, la indolencia y la falta de expectativas….tanto propias como ajenas.

En gran parte, se produce un error de bulto que muchos utilizan para desenfocar el ámbito del esfuerzo por aprender. Hay una exigencia estándar. Mejora dicho, hay la misma exigencia para todos y una barrera estándar que se toma cono línea roja para decidir quiénes han aprovechado el esfuerzo de aprender y quienes no.

Lo explico con esa cuantificación a la que tanto estamos acostumbrados. Un alumno “de 8” es mejor valorado que un alumnos “de 4”. Por supuesto, el “alumnos de 8” no sólo es mejor valorado, sino que ha realizado el esfuerzo adecuado para certificar que ha aprendido de  manera notable. Al otro lado, al “alumno de 4” no sólo no se le puede certificar la idoneidad de su aprendizaje, certificándosele de manea insuficiente, sino que, además, se da por sobreentendido su “escasez de esfuerzo”.

Un pequeño detalle: el “alumno de 8”, venía de ser un “alumno de 7”, mientras que el “alumno de 4”, partía de ser un alumno de “0”. Nuestro sistema está confeccionado para que este último alumno “repita” su proceso de aprendizaje y cando hablan los agoreros de reformas del sistema y hablan de la “pérdida del valor del esfuerzo”, se refieren precisamente a blindar la posibilidad de que el “alumno de 4” pueda seguir su proceso de aprendizaje sin “repetir”. Así nos va y así nos puede ir…

Ni siquiera en el ámbito empresarial, donde se promueven cada vez más técnicas de coaching, hay un intento de desbordar el concepto de esfuerzo en el aprendizaje más allá de “lo mejor de uno mismo”. Trabajaremos, dicen, “…para alinear nuestro potencial a la realidad, seamos el mejor de nosotros mismos”. No el mejor de lo que los demás creen que somos…

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