Posteado por: Aquilino Melgar | Diciembre 26, 2008

Por mí, que no quede

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Foto: Miguel A. López Moreno

Una vieja leyenda persa cuenta que los dioses, al comienzo de los tiempos, dividieron la verdad en pequeños trozos que fueron repartidos entre todos los humanos de tal forma que para reconstruirla, inevitablemente, habría que juntar todos los pedazos que estaban en poder de cada una de las personas.

No hay parte insignificante, innecesaria. Todas resultan indispensables para reconstruir la verdad. Según esta hermosa leyenda, verdad y participación serían dos caras de una misma moneda. Y esta participación es no sólo un derecho de todas y cada una de las personas, sino un deber que permite reconstruir la verdad.

Hablaba en un escrito anterior sobre el compromiso y la corresponsabilidad en materia de Educación. Y la leyenda anterior ilustra de manera espléndida el concepto de ese compromiso compartido absolutamente necesario.

Es cierto y patente que no todos pensamos lo mismo sobre la sociedad, sobre la convivencia, sobre la educación. Pero también es cierto que todos nos podemos enriquecer en el diálogo, en el contraste, en la reflexión compartida.

Y hablamos de educación, es decir, de la mejor solución a los problemas de desigualdad, de violencia, de dominación y de ignorancia a través de la potenciación de una sociedad más justa mediante la formación de ciudadanos críticos, solidarios y competentes.

Una sociedad compleja, multicultural y tremendamente variable que representa un riesgo pero también un reto. Un riesgo al que hacer frente a través del reto de la educación.

Una sociedad esta, que reclama responsabilidades a los demás pero que elude las propias. Y la única solución para problemas complejos –la educación es uno de ellos– es que cada uno aporte su parte de responsabilidad.  Hizo lo que pudo”, éste es el epitafio que Max Aub escribió para su tumba. Un lema humilde y grandioso y que debería llevarnos a pensar en el título de esta entrada: “por mí que no quede”. Ese debería ser el eslogan para que en la larga carrera entre la educación y la catástrofe, como decía G. H. Wells, termine ganando la primera.

 

¡Es la educación, amigo!


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