
Foto: Miguel A. López Moreno
Acto celebrado el pasado 4 de octubre
en el Centro Penitenciario de ‘Los Rosales’ – Ceuta
Es muy probable que alguna vez hayáis oído decir de manera despectiva: -“este es un intelectual”. Es muy fácil descojonarse de los intelectuales… Hay una imagen de ellos que no suele ser de cachas, de gente que no les gusta meterse con nadie… que no les motivan las demostraciones de fuerza, ni las medallas, ni los cochazos… De modo que sí, es muy fácil meterse con los intelectuales… A veces es suficiente con romperles las gafas, quitarles el libro de las manos, tal vez la guitarra, o el bolígrafo, y ya no dan pie con bola, los muy gilipollas… Pero no olvidéis que la primera cosa que suelen hacer los dictadores es precisamente eso: romper gafas, quemar libros o prohibir conciertos. Les sale barato y les evita problemas… Pero dejadme que os diga que si ser intelectual significa que a uno le guste aprender, ser curioso, atento, admirar, emocionarse, tratar de comprender cómo funcionan las cosas e intentar irse a la cama un poco menos estúpido que el día anterior, entonces sí, entonces yo confieso mi condición de intelectual y cualquiera de vosotros que piense igual debería hacer lo mismo y sentirse orgulloso de ello…
Tenéis privación de libertad física. Es un hecho. Pero hay una privación de libertad que no es impuesta, que es propia, que es de uno mismo. Es la libertad de pensamiento, la libertad de conocer, la libertad de emocionarse. Ser preso de uno mismo, en este sentido, es añadir a la privación de libertad física, algo que nadie se merece.
Estas son palabras de un interno, como vosotros…
a veces llueve
y te quiero
a veces sale el sol
y te quiero
la cárcel es a veces
siempre te quiero
Quien es capaz de decir esto, ni tiene la voz rota, ni apagado el corazón, ni es preso de sí mismo. Quien no es capaz de sentir lo que dice este interno es posible que jamás se haya reclinado sobre la primera línea de la primera página de un libro.
Porque los libros son puertas que os llevan a la calle. Con ellos vais a aprender, os ayudarán a viajar, a soñar, a imaginar, a vivir otras vidas… a multiplicar vuestras vidas por mil. A ver qué cosa os da más por menos. Y también os servirán para tener a raya cosas malas, fantasmas, soledades y otras mierdas. Y os aseguro que no se trata sólo de leer libros, sino del placer físico y el consuelo interior que da tenerlos en las manos.
Soy una persona que respeta el hecho religioso, pero no soy religiosa. Hay una frase ligada a la religión que dice “la verdad os hará libres”. Complicado esto de la verdad y las creencias… Pero yo sí creo en que el conocimiento os hará más libres porque os permitirá mayor capacidad de decisión.
Os confieso que no me gustan demasiado las personas que están de vuelta de todo, que creen saberlo todo, que se consideran en posesión de la verdad. Admiro a las personas que siempre muestran deseos de aprender y de ser mejores. Creo que esa es una excelente muestra de inteligencia y de humanidad.
Todos podemos aprender de todos. Todos podemos aprender de todas las situaciones, de todas las cosas, de todos los libros y en todos los momentos. Para ello hace falta tengamos los ojos educados para ver y la mente despejada. Es necesario tener dudas para poder buscar respuestas. La historia, la cultura, la ciencia, la vida… han avanzado a través de preguntas nuevas o de antiguas preguntas que se han vuelto a hacer.
«Sólo sé que no sé nada», decía Sócrates. Seguramente habréis oído esta frase.
Otro filósofo, Nicolás de Cusa, hablaba de la ‘docta ignorancia’. Se refería a la enorme sensación de desconocimiento que tiene la persona que sabe mucho.
Os lo trato de explicar con un ejemplo. Imaginaos que llevamos con nosotros una caja. El interior es lo que sabemos y lo que creemos desconocer es la superficie externa de la caja. Si la caja es pequeña, el conocimiento es mínimo pero la sensación de ignorancia de conocimiento es también pequeña. La sensación que tiene esa persona de lo que no sabe es mínima. Si alguien sabe más (el interior de la caja es mayor), la impresión que tiene de ignorancia es también más grande: la correspondiente a la superficie que rodea la caja de su saber. Y si sabe mucho más (pensemos en una caja enorme), la persona tiene una impresionante sensación de ignorancia porque la superficie de contacto con la caja es muy grande. Por eso los sabios son humildes. Por eso los necios suelen ser presumidos.
Creer que se sabe todo es un error que condena a la persona a la ignorancia. No poner en cuestión lo que se sabe es instalarse en la pobreza intelectual. Hay quien confunde pereza de pensamiento con firmes convicciones. Por eso no lee, no se informa, no consulta, no aprende. La persona que se instala en la incertidumbre vive con un cierto desasosiego, con una curiosidad inquietante. La duda es un estado incómodo, pero la certeza, es un estado intelectualmente ridículo.
Recuerdo una frase cinematográfica en la que el protagonista decía: “hay una vida para aprender y otra para vivir de lo aprendido”. Cada vez estoy más convencido de que debemos prolongar todo lo posible la primera de ellas. Tal vez, si llevásemos la ‘L’ de aprendiz a la espalda, como en los coches, recordaríamos que tenemos que aprender, que siempre somos principiantes.
Ojalá que el aprendizaje os depare un futuro mejor y que nosotros podamos contribuir a ello.