
Foto: José Carlos Varea
La mano del artista trabaja en el mármol un cuerpo perfecto. Y Afrodita, finalmente, complace a este solitario rey. Sus labios insuflan vida a la mortecina y apagada lápida mortuoria. La mujer, Galatea, abandona su armadura de piedra baldía y se convierte en carne, huesos, órganos y humores. Y Pigmalión, incrédulo, no cabe en sí de tanta satisfacción.
Cristina Andino, una docente de la ciudad de Rosario, en Argentina, cuenta la siguiente experiencia:
«Un día, les entregué a mis alumnos de 11 años una lista con los nombres de sus compañeros y de sus profesores. Les pedí que escribiesen, por lo menos, tres virtudes al lado de cada nombre que aparecía en la lista. No les conté nada más. Como única explicación les dije que confiaran en mí, que era para algo bueno. Naturalmente, en algunos casos, descubrir “cosas buenas” de sus compañeros o, incluso, de algún docente, no les resultó nada sencillo. Sin embargo, pusieron todo su empeño para cumplir lo que les había pedido. Diariamente esperaban ansiosos los resultados. Cierto día nos reunimos todos los alumnos y los docentes, porque tenía que leerles “un cuento”. Acto seguido, les entregué a cada uno “su diploma” que contenía el relato de “el elefante encadenado” y, debajo, lo que pensaban de él sus compañeros/alumnos. Las caritas de felicidad y sorpresa de grandes y pequeños decían más que mil palabras. Este ejercicio reafirmó autoestimas, permitió sentirse tenido en cuenta, necesario. Algunos dejaron de ser esa piedrita molesta en el zapato. El clima del aula dio un vuelco por el cambio de actitud de todos los actores del proceso enseñanza-aprendizaje. Era un placer entrar en ella, las bromas reinaban en el lugar. Se percibía en el ambiente deseos de superación personal al tener seguridad, no sólo en uno mismo, sino también en el otro. Extendieron su mano para darse y, a la vez, para recibir sin vergüenza. ¿Alcanzaron los chicos sus aprendizajes básicos? Sin duda… ¡Y los superaron más allá de toda expectativa inicial! Lo fundamental para los niños de esta experiencia, lo grabado a fuego, fue descubrir que todos valemos y, que por ello, nos debemos respeto. Y para mí el poder y la importancia de la educación de los sentimientos.»
Bucay relata una historia sobre un elefante encadenado en la que cuenta la afición infantil a los circos, a los animales que los poblaban y, en especial, al gigantesco elefante.
Durante cada función, la enorme bestia desplegaba su tamaño, su peso y su descomunal fuerza… pero después de su actuación y hasta momentos antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo. Un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente:
― ¿Qué lo mantiene entonces?
― ¿Por qué no huye?
La respuesta parece obvia:
― El elefante no se escapa porque está amaestrado.
Pero entonces surge otra pregunta obvia:
― Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?
Difícil respuesta para un niño amante del circo y los animales.
Sin embargo, el tiempo y la madurez, le hacen a uno reflexionar y encontrar una respuesta coherente:
― El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde muy, muy pequeño.
“El niño cierra los ojos e imagina al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Está seguro de que en aquel momento el pequeño elefante empujó, tiró, sudó, tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía… Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino”.
Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no se escapa porque cree –pobre de él- que no puede. Tiene grabado el recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió en su infancia. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez.
Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos demasiado a menudo pensando que “no podemos”, simplemente porque una vez, hace tiempo, lo intentamos y no lo conseguimos. Grabamos entonces en nuestra memoria, como el elefante, un claro mensaje: “no puedo, no puedo y nunca podré”.
Crecemos llevando este mensaje impuesto a nosotros mismos y nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca. Y cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos: “no puedo y nunca podré”.
¡Parece increíble lo que nos cuesta a veces reconocer aciertos y cualidades, manifestar algo de admiración y un poco afecto! Somos presa de una cierta racanería a la hora de decir a los demás qué es lo que nos gusta o emociona de ellos. Somos más proclives a descalificar que a felicitar.
Hay otra buena experiencia educativa que ejemplifica esta cuestión:
En un ejercicio de dinámica de grupos, una chica ocupa el lugar central de un círculo. El resto de compañeros tienen que acercarse y decirle al oído alguna cosa positiva de su personalidad, de su físico, de su indumentaria, de su forma de relacionarse… Puede ser grande o pequeña pero, en cualquier caso, debe ser sincera.
La chica, después de oír algunas manifestaciones, rompe a llorar y abandona la sala. Cuando más tarde se le pregunta el motivo, ella contesta:
― Nadie me había dicho nada agradable en mi vida.
Nos encontramos ante una terrible manifestación que desvela algunas carencias de las que tenemos que ser conscientes. La relación personal no se puede esfumar bajo el listado de objetivos de aprendizaje o de competencias básicas.
En la medida en que sepamos aumentar la autoestima de los alumnos, en que apreciemos las actitudes y los valores, en que sepamos cultivar una buena disposición emocional favorable al aprendizaje, recogeremos mejores frutos de la delicada y complicada labor educativa. El verbo aprender, al igual que el verbo amar, no se pueden conjugar en imperativo.
“Escuché sus ideas ensimismada, sobre todo cuando nos explicó que, durante el primer año, tú ya sabrás reconocer perfectamente si eres amado. Y que, precisamente, la percepción que vayas teniendo de ser “querido” influirá mucho en la idea que poco a poco te vayas formando de ti mismo como un ser “querible”. (…) nos dijo que de algo aparentemente tan sencillo depende, en gran parte, la actitud que en la adolescencia y en la edad adulta manifiestan muchos seres humanos al considerarse a sí mismos valiosos o no valiosos (eso que llaman «la autoestima»)”.
Bienvenido, Juan. Cartas a un niño que va a nacer. (María Novo, Francesco Tonucci) Ed. Grao
Émulos de Afrodita, la tarea educativa es en buena parte la redención de la preciada e ignorada estatua de Galatea. Para ello, sin embargo, es necesario aplicar la receta de Pigmalión: creer en los alumnos, mantener expectativas positivas sobre los mismos y, aún más, sobre los más desfavorecidos. No es que sea suficiente, pero sí condición necesaria para superar un cierto determinismo darwiniano de fracaso escolar.








